Más allá de las leyes

Más allá de las leyes

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Digan lo que digan, y te lo expliquen cómo te lo quieran explicar, divorciarse es uno de los tragos más amargos por los que puede pasar una persona. Las rupturas de pareja mal gestionadas ponen en jaque la vida de una familia, suponen grandes cambios para todos sus miembros. Volver a organizar el caos no es fácil.

Sin perder mi enfoque de abogada, no he encontrado una base de datos “emocional” donde exista un formulario tipo aplicable a todos los casos. Tampoco he podido encontrar un artículo en ningún código donde se den unas cuantas reglas para compensar las ilusiones rotas, el rencor, la rabia o la impotencia. ¿Qué norma recoge cómo se mide la dedicación a la familia de un padre y una madre, los momentos de dudas que tuvieron durante su crianza, la elección de disfrutar de ellos dejando de lado su vida social o algo tan complicado como establecer cuál va a ser la mejor manera de seguir funcionando como familia pero no como pareja?

En la pared del juzgado de familia donde voy hay una hoja grapada a la pared donde se recoge “el decálogo para un buen divorcio”. Dudo mucho que alguna de las familias que pasa por allí le dedique ni un solo segundo. Nadie te prepara para un divorcio. Por eso considero fundamental saber qué tipo de abogado quieres que te acompañe en esos momentos.

Divorciarse cuando existe una familia supone tener en cuenta muchos aspectos jurídico-familiares que se mezclan entre sí y van de la mano: cuantía de la pensión de alimentos, uso de la vivienda y vehículos, qué gastos decidimos considerar ordinarios y cuáles extraordinarios, dónde van a vivir los niños, qué régimen de custodia o de visitas vamos a seguir… las combinaciones y posibilidades son infinitas pero es que, además, muchas veces a quien le toca decidir sobre esas cuestiones no está atravesando su mejor momento anímico, está lleno de miedo ante la incertidumbre de la nueva situación y en algunos casos olvida que en el divorcio también están implicados unos hijos a los que indudablemente afectarán todas las decisiones que se tomen.

Es verdad que el proceso de divorcio es duro, pero no significa que las cosas no puedan hacerse de una manera sensata para todos y que no sea posible llegar a acuerdos en los que las dos partes participen de tal manera que adquieran ambos un compromiso real para cumplirlos. Al menos esta es la filosofía de nuestro despacho, donde comprobamos que si las decisiones que afectan a la familia se toman de manera conjunta por los padres. Si intentamos adelantarnos a los problemas antes de que surjan, entonces vemos que el grado de cumplimiento de los mismos es mucho mayor que los que se consiguen por la vía contenciosa.

Pienso que un juzgado no es el lugar idóneo donde resolver los problemas de una familia pero es el sistema que tenemos y nos guste o no es el que debemos seguir. Si llega el caso que nuestro cliente acaba demandando a su ex o siendo demandado entonces nuestro trato hacia él se “intensifica”.

Observar a una pareja que ha roto y se vuelve a ver después de un tiempo en los pasillos del juzgado es duro. Pero más dura es la sensación de soledad de tu cliente antes, durante y después de un juicio. Cuando llega ese día les dejamos solos mientras sus abogados intentan llegar a un acuerdo de última hora en el pasillo  , solos otra vez mientras hablamos con el juez dentro de la sala. Son testigos mudos de su propia historia.

De nuevo esa sensación de soledad e impotencia en el momento del juicio, un “teatro” en el que no saben muy bien qué está pasando. Más allá de las leyes la velocidad de las sesiones no es proporcional a todo el tiempo de convivencia que se ha tenido, casi siempre salen con la sensación de no haber dicho “todo lo que querían decir”, flaco favor nos hacen en este sentido las películas americanas, todo hay que decirlo. Muchos piensan que van a poder dar explicaciones con todo lujo de detalles, sin embrago lo que se encuentran son dos metralletas con toga disparando preguntas, aportando pruebas y un juez junto con un fiscal que decidirán en cuestión de minutos cómo se va a organizar su vida familiar a partir de ese momento.

Imaginad lo que ese cliente en esa situación valora la CONFIANZA en su abogado. Ponen literalmente sus vidas en nuestras manos, confían absolutamente en que sabremos velar por sus intereses y que además, lo haremos exactamente como ellos esperan.

Así que quien piense que el trabajo de un abogado se limita a preparar un juicio, recoger pruebas y redactar una demanda está muy equivocado. Un BUEN abogado de familia sabe reconfortar y acompañar emocionalmente y esto, lo siento, no se estudia en ningún máster de abogacía. Tener la sensibilidad para elaborar una buena defensa no solo del cliente sino de toda la familia lo hacen muy pocos. Un juicio zanja momentáneamente algunos temas pero no siempre los resuelve. Saber ver más allá de lo meramente jurídico no es un trabajo que muchos se molesten en hacer. He visto cómo juicios muy bien preparados han acabado con una sentencia desfavorable para un cliente y aún así han agradecido todo el trabajo que hemos hecho. ¿Por qué? pues porque se han sentido arropados, escuchados y atendidos cuando se sentían angustiados, han tenido la sensación de que su caso se ha tratado de manera especial. Porque hay que trabajar de manera artesanal, cuidando tanto los aspectos jurídicos como emocionales del cliente.

“Acompañarle” significa resolver todas sus dudas aunque el teléfono suene a horas intempestivas, sea festivo o fin de semana, es darles las opciones de continuar su vida con unos mínimos económicos garantizados porque de ello también dependerá el día a día de sus hijos, es hacerles conscientes que a veces sus peticiones no van a poder cumplirse. Acompañar emocionalmente supone entender su situación personal incluso a veces facilitarles la posibilidad de consultar con un psicólogo que pueda ayudarle a gestionar mejor algún aspecto puntual y supone también, llevar su caso de la manera que ellos deciden sin olvidar que después de una sentencia no se termina nada sino que por el contrario puede empezar una verdadera pesadilla si no se han abordado de manera responsable todos los aspectos de su día a día.

Ser abogado es algo más que rellenar mecánicamente un formulario u operar con números para “compensar” algo que es  imposible cuantificar.

Divorciarse también es algo más que dejar de vivir en la misma casa y organizar las visitas de los niños. Ese “algo más” es lo que necesita nuestro cliente.

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